Quizás es cierto que para fotografiar algo hay que aprender a quererlo un poco, aunque sea durante el momento fugaz que dura el clic. Hay que estar dispuesto a diluirse en la imagen al menos mientras dura la intensidad de esa mirada, de ese gesto, que nos devuelve nuestro despojamiento, un poco como en el don de Marcel Mauss -cada regalo exige otro en intercambio. Porque la fotografía, cuando es genuina, es un don, la renuncia a los propios ojos, una implicación tenaz en lo mirado y capturado: al mirar somos irremisiblemente parte de la escena, lo queramos o no, y por eso toda fotografía es un inevitable ejercicio autobiográfico. Mirar el mundo y fotografiarlo es vivir el mundo, contarlo- y ya se sabe que todo relato, cuando narra lo que ve, es por definición autobiográfico hasta cuando no se escribe en primera persona.

Mirar dentro es estar dentro y los fotógrafos más audaces entre los llamados “documentales” -a lo mejor porque “documentan” la realidad y capturan los rituales de otros- lo saben. Saben que no andan solos por el mundo: escuchar historias con la mirada es contagiarse de esas historias. Además de ir con la cámara a cuestas, llevan en su equipaje más íntimo las historias ajenas que, sin remedio, son ya parte de su historia personal.

No sólo. Para hacer fotografía documental hay que tener tiempo, ir sin prisa, ganar la confianza, esperar el momento privilegiado que a menudo tarda en llegar. De este modo, el fotógrafo termina por ser un poco una especie de etnógrafo que traduce el mundo y es sabido que cuando el trabajo del etnógrafo es intachable tiene un poco de objetivo y un poco de subjetivo -lo anunciaba Malinowski es su extraordinaria introducción de Los Argonautas-; la mitad de rigor y la otra mitad de poesía.

Sí, hay una enorme carga de poesía al documentar rituales y vidas, esa fuerza indiscutible que tiene la mejor fotografía documental. Es la fuerza que nace del acto de fingir abdicar de los propios ojos y apropiarse de los ajenos y de ahí ese algo ambiguo en tanto poético, narrativo, creativo… o, como diría este mundo de etiquetas en el cual vivimos, “artístico”.

Todas estas cualidades luminosas y muchas más tiene la exposición de Cristina García Rodero que, comisariada por Miguel von Hafe y desde el CGAC, llega al Círculo de Bellas Artes de Madrid, donde tuvimos ocasión de ver a otro fotógrafo documental, el colombiano Fernell Franco, en una pequeña y extraordinaria muestra comisariada por María Wills que mostraba imágenes de las prostitutas de Bogotá. La exposición de García Rodero tiene una coherencia intachable al recoger tres décadas de fotografías tomadas en Galicia, un lugar con el cual García Rodero comenta tiene una relación muy especial que se hace patente desde luego en este trabajo en blanco y negro. Quizás sea la textura del blanco y negro lo que confiere a las fotos cierto halo de otra época o quizás sea la paciencia de mirar esperando ver, ver siempre, ver en un instante lo que se andaba buscando, lo que resume esa cualidad ejemplar de las fotos: en cada una de ellas hay un hilo poderoso que reproduce para el espectador la complicidad y empatía entre la fotógrafa y los protagonistas.

Tal vez por la paciencia que implica ganar la confianza ajena, las mujeres documentalistas son tan únicas en su trabajo. Ocurre también con otra Magnum, como García Rodero, Susan Meiselas, quien ejerce una fascinación reiterada. Lo pensaba el otro día al releer a Lidia Cabrera, la escritora y etnógrafa, folclorista, antropóloga cubana de los años cuarenta-cincuenta. No en vano sus escritos inspiraron a Ana Mendieta, pero eso forma parte de otros rituales -supongo.

El Pais – Estrella de Diego Llamada en Espera

Magnum Photos – Cristina García Rodero

Transtempo – Circulo de Bellas Artes

La Galicia atemporal de Cristina Garcia Rodero por Eduardo Parra

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